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¿En qué momento se jodió Bob Sinclar?


Desde que los franceses entraron a gobernar la música electrónica en 1996, justo cuando Etienne de Crecy publicó el disco “Super discount” y St. Germain lanzó “Boulevard”, hubo un tipo que fue lentamente convirtiéndose en el gran representante del “french touch”. Ese hombre se llama Christophe Le Friant, ha firmado discos como The Mighty Bop y Reminiscence Quartet, le decían Chris the French Kiss, pero es conocido en todo el mundo por el pseudónimo Bob Sinclar.

Anoche, este francés de 41 años se presentó en Chile ante miles de personas que fueron a verlo a Espacio Riesco. Yo era uno de ellos, que seguí su carrera muy atentamente desde su entretenidísimo debut “Paradise” de 1999 (donde estaba la canción “Gym Tonic” que sampleaba sin autorización a Jane Fonda, la que después lo demandó), luego el “Champs Elysées” de 2000, sus compilados “Africanism” y hasta su aporte para la serie “Live at the Playboy Mansion”. En paralelo admiraba el trabajo que hacía en un estilo muy distinto al house, el trip hop, con su proyecto The Mighty Bop. Y más me seducía su inteligencia cuando veía los grupos que salían de su sello Yellow Productions.

Es cierto que no lo seguí con tanta atención en sus más recientes discos. Es verdad también que sospechaba de algunas canciones que habían sonado en forma demasiado masiva en cada esquina de Santiago y el mundo en el último tiempo, como “World hold on” y “Love Generation”, pero supuse que lo peor que podía pasar era que combinara esos hits un poquito trillados con sus grandes temas de fines de los noventa. Además, mi lealtad y respeto tenían casi una década de construcción mental. Por eso, pensé, tengo que ir a verlo en su primera vez en este país. Y fui. Y esperé hasta la una y diez de la mañana de un jueves. Y soporté a un telonero muy malo. Y cuando apareció Bob Sinclar y lo vi a pocos metros, intuí que iba a ser, finalmente, una noche inolvidable. Y lo fue. Pero por las razones opuestas a lo que imaginaba.

Fue una noche de decepción, de vergüenza ajena, de perplejidad. No muy larga, eso sí, porque con dificultad aguanté algo más de media hora. Bob Sinclar, el genio del elegante house francés, el tipo que se paseó por el acid jazz, el que dio cátedra de trip hop, uno de los fundadores del french touch, es hoy un DJ payaso que mezcla raggamuffin con house barato y que roza el límite con el reggaeton. Como si le hubieran lavado el cerebro y ahora Daddy Yankee, 2 Unlimited, Shaggy y Technotronic fueran parte fundamental de su disco duro, algo así como su ADN cultural. Qué estafa. Qué decepción. Qué triste, para mí al menos. Porque los otros 5 mil asistentes, la mayoría diez y quince y hasta veinte años menores que yo, saltaban igual como si estuvieran en un concierto de Wisin y Yandel. Claro, ellos son los que están al tanto del Bob Sinclar versión 2008, ellos son los que lo conocieron con sus hits radiales baratos, ellos son los que pagaron su entrada y escucharon lo que esperaban. Yo, en cambio, ingenuo y nostálgico, fui el primero en salir de Espacio Riesco, bajoneado, aburrido, sintiéndome fuera de foco y recordando la frase de Mario Varga Llosa, esa que sirve como título para esta columna.

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